Recorrer el centro histórico de monterrey, el zócalo de la ciudad de México o las calles empedradas de Morelia tiene algo difícil de explicar: una sensación silenciosa de protección. No proviene de cámaras ni de presencia policial. Viene de unos discretos cilindros de hierro, piedra o acero estratégicamente colocados en los bordes de las banquetas son los bolardos, y aunque pasan casi desapercibidos, son precisamente ellos quienes delimitan el espacio y garantizan que el peatón llegue sano y salvo a su destino.
Los bolardos son elementos verticales de mobiliario urbano cuya función es marcar los espacios peatonales y restringir el paso vehicular. En contexto como los centros históricos, su papel va mucho más allá de lo estético: protege vidas, preserva el patrimonio y ordena el espacio público.
Como todo elemento de mobiliario urbano su diseño debe dialogar con el entorno en el que se instala. En la zona histórica, ese entorno está definido por cantera, adoquín fachadas barrocas y herrería forjada. Ciudades como Venecia y roma desarrollan bolardos a medida, diseñados para integrarse al lenguaje formal de sus plazas. En México, los materiales más utilizados han sido el hierro fundido, la cantera, el bronce y el acero inoxidable una decisión que combina criterios culturales, técnicos y económicos en días distintas proporciones según el proyecto.
Dependiendo de las necesidades del espacio, también existen retractiles abatibles y desmontables, pensadas para maximizar la funcionalidad de zonas turísticas donde la apertura y el cierre de áreas es una necesidad cotidiana.
Instalar bolardos en zonas históricas de México no es una decisión libre de restricciones. La Ley federal sobre monumentos y zonas arqueológicos establece que cualquier intervención en vía publica dentro de una zona declarada requiere autorización de INAH. Esto aplica a los anclajes en pavimentos históricos, a la compatibilidad de materiales y diseño con el contexto, y a la reversibilidad de la intervención.
En materia de accesibilidad, el Manual de Accesibilidad Universal de la Secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano indica que los bolardos deben colocarse en el borde de la acera, alineados con contrate visual respecto al pavimento, y con una separación mínima de 90 cm entre elementos, además, establece que nunca deben ubicarse en los rebajes de vereda destinadas a cruces peatonales.
Por su parte, el manual de normas técnicas de accesibilidad de la CDMX define parámetros más específicos: separación mínima de entre 1.20 y 1.50 metros entre bolardos, altura recomendada de 75 a 90cm, bandas reflejantes obligatorias para garantizar visibilidad nocturna, y una franja libre de circulación peatonal de al menos 1.20 metros. Cada centro histórico puede contar con sus propios lineamientos de instalación, pero siempre en concordancia con el marco de accesibilidad universal.
El diseño y la integración visual son aspectos fundamentales, pero no pueden desplazar la seguridad peatonal como prioridad. Un referente internacional es la ciudad de Bath, en el reino unido , donde la necesidad de proteger tanto arquitectura romana como a los visitantes llevó a implementar la estrategia HVM (Hostiles Vehicle Mitigaion). Esta estrategia contempla berreras físicas diseñadas para disuadir, retrasar o impedir el acceso de vehículos no autorizados a patrimonios protegidos. En Bath se instalaron bolardos certificados bajo la norma IWA 14-1, capaces de detener un camión de 7.2 toneladas circulando a 64km/h. lo que antes era exclusivo de embajadas y edificios gubernamentales, hoy protege plazas turísticas alrededor del mundo.
En los centros históricos cada detalle importa. Los bolardos son ese pequeño gran héroe anónimo del diseño urbano: discreto, funcionales y silenciosamente esenciales para la seguridad peatonal y la preservación del patrimonio. La próxima vez que recorras algunos de estos espacios, vale la pena detenerse a observar cómo estos elementos se integran al paisaje sin pedir atención, pero haciendo todo el trabajo.
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